Sueño REM

Categoría: Ciencia del sueño

Soñar mientras el cerebro permanece alerta

El sueño REM (sueño de movimientos oculares rápidos) es la etapa del sueño en la que los ojos se mueven con rapidez bajo los párpados cerrados. Las ondas cerebrales adoptan un patrón activo, próximo al de la vigilia, mientras la musculatura esquelética queda casi por completo relajada: un cuerpo dormido con un cerebro despierto. En 1953 Aserinsky y Kleitman comprobaron que esos movimientos oculares coincidían con los relatos de sueños, y de ahí arrancó el estudio científico de los sueños. El sueño REM ocupa alrededor del 20 al 25 por ciento de la noche, y cada periodo se alarga en los ciclos finales, así que cuanto más cerca del amanecer despiertes, más probable es que te lleves un sueño largo y con un hilo que lo recorre. Ese reparto desigual explica por qué apenas recuerdas los sueños del principio de la noche y en cambio conservas nítido el último.

La diferencia clave con el sueño no REM

El sueño REM y el sueño no REM se alternan a lo largo de la noche, pero los sueños que salen de cada uno tienen distinta textura. Los de la fase REM suelen tener argumento y llegar con color y emoción, como una película; los de la fase no REM se quedan más a menudo en impresiones fragmentarias y abstractas. Cuando alguien trae el sueño de anoche para interpretarlo, puedes dar por hecho que en su mayoría vienen de la fase REM. Aun así, creer que en el sueño no REM no se sueña es un error extendido: también allí aparecen sueños, solo que cuesta retenerlos. Para quien interpreta, la diferencia se nota en el material. Un sueño con antes y después, donde puedes seguir lo que hicieron los personajes, se recorre escena por escena. Un fragmento que solo deja un color, un sonido o una textura conviene anotarlo por la sensación que dejó, sin forzar una trama.

Clave para una interpretación onírica más precisa

Cualquier interpretación que valga algo depende de que recuerdes los detalles del sueño. Despertar de forma natural al final de un periodo REM deja el recuerdo nítido, así que vale la pena ajustar la hora de levantarte a tu ciclo de sueño. El consejo que más circula, poner el despertador en un múltiplo de 90 minutos desde que te acuestas (seis horas, siete horas y media), no se traslada a tus noches con tanta limpieza como promete. La duración de un ciclo de sueño varía de unas personas a otras y se estira o se acorta dentro de la misma noche, de modo que los 90 minutos son un punto de partida y no una regla. Mueve la hora de despertar en pasos pequeños durante varios días y apunta con qué horas te quedaste con un sueño: la hora que encuentres probando será una guía más firme que el número. Deja un diario de sueños en la mesilla y escribe en cuanto abras los ojos; la cantidad de material aprovechable sube de golpe. El recuerdo se desvanece en cuanto te incorporas, miras el reloj o hablas con alguien, así que lo práctico es quedarte en la misma postura y escribir las escenas en el orden en que vuelvan.

Conceptos erróneos comunes

Se suele despachar el sueño REM como sueño ligero y, por tanto, de mala calidad, y eso no es exacto. Se le entiende como la etapa implicada en fijar la memoria y procesar las emociones, y hay quien sostiene que su falta se traduce en menos concentración y un ánimo inestable. Antes que ordenar el descanso por profundidad, se ajusta más a la realidad ver que el sueño no REM y el sueño REM se reparten por turnos tareas distintas. El alcohol, además, suprime el sueño REM: en la primera mitad de una noche con copas sueñas menos y queda menos material para interpretar. Cuando el alcohol ya se ha metabolizado, la fase REM que quedó frenada regresa en la segunda mitad, y con ese rebote se explica que despiertes con facilidad hacia el amanecer o que solo recuerdes sueños agitados. La sensación de que una copa te hace dormir mejor viene de lo rápido que te duermes; no dice nada de cómo aguantó la noche completa. Mientras reúnas sueños para trabajar con ellos, los registros de las noches sin alcohol te sirven de mejor referencia.

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